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 Relato: Clara en la inmortalidad. Entre voces sus ojos. Jazmín

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mcvan

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Fecha de inscripción : 05/09/2009

MensajeTema: Relato: Clara en la inmortalidad. Entre voces sus ojos. Jazmín   Miér Sep 09, 2009 8:46 pm

Clara en la inmortalidad





Hablar de Clara es como sumergirse en un poema, quebrar el significado de las palabras, abrazar espuma de mar. Hablar de Clara podría llegar a ser penoso, sin embargo, es inevitable.
Siempre pensé en la inmortalidad, en la belleza, en la corta vida que nos espera y fue eso lo que plasmé en mis obras. No mujeres en poses ordinarias, no naturaleza, no Clara como mortal. Mi búsqueda fue ir más allá de lo que parecía eterno. Un modelo queda en el lienzo siempre igual, sin embargo, sabemos que ese modelo va a envejecer, va a morir al igual que cualquiera de nosotros; ese pensamiento llegó a ser un tormento.
La muerte de Clara tuvo poesía, supo ser mi musa hasta el final, un final incipiente.
No se lo pedí, pero fue como si lo hubiese hecho, no tiré mis óleos, no rompí mis cuadros. Todo aquello hubiera sido una antología de la desesperanza y yo jamás me sentí desesperanzado. La vi morir y fue bello, porque en realidad eso no sucedía y ambos lo sabíamos.
La mañana de su muerte me sonrió, sus ojos tenían un halo de valentía. Me miraba inquieta, desnuda, tocando con lentitud sus senos. Me miraba y yo caía en mí propio ser, desvanecía en efímeras sonrisas, en murmullos del alma, en lágrimas que como buen actor oculté siempre ante ella.
Sin embargo, sabía que no era una ninfa, no me cegaba ni moría al verla desnuda, mucho menos tenía la eternidad asegurada de su belleza.
Creó que fue eso lo que irrumpió en mí; saberla desecha, tirada en mi sillón esperando ansiosa que le indique la pose, verla en ese mismo sillón decrépita; y la eternidad de mis obras hubiera muerto allí, en esa mujer que ya no sería Clara sino otra.
Mis cuadros reflejan, como he dicho antes, la inmortalidad de una mujer: cascadas de azabache, mantos blancos que la envuelven, ojos de noche, labios de ángel. Cada cuadro posee el esplendor de Clara, Clara en el bosque como una dríada abrazada a su roble, Clara desnuda a la orilla del mar, Clara con alas, alas de Sílfide sin grifos que atenten a tanta belleza. Toda Clara y esa mañana en que la realidad me azotó de forma nefasta, dejando tanta mitología, abandonando a Clara en las sombras de las verdades. Y al tiempo lo ví como gárgolas que sin necesidad destruyen hasta a la más perfecta criatura.
Mi falsa ninfa lo había notado y me sonrió, ahí comprendí que mis obras tendrían la eternidad que siempre había anhelado.
Ese día se lleno de confusiones, porque era el día, y todo había sido espontáneo en la sonrisa de Clara.
Imágenes caían sobre mí, estáticas, dinámicas. Pensé en un lago lleno de sus ornamentos; tenía el mar más cerca, una sirena es bella, pero también mortal. Un lago, una Ondina.
Busqué mis maletas, cargué lo necesario. Clara se había recostado; me recordó a un Elfo.
La tarde empezaba a caer. Me costó divisar el lunar de su abdomen, había pintado su cuerpo de un color azul fuerte con grandes matices verde esmeralda. La ví entrar al lago con lentitud, apuré mis manos, el agua empezaba a lavar la pintura. Su cabello flotaba, no pinté el lacio, el agua lo ondeaba. Cada pincelada parecía infinita. Miré mis manos. Sentí a Clara entrar en el lienzo.
















Jazmín






























Entre voces sus ojos


No era solo pensar en ella, sentado, maniatado por pensamientos ante rostros ajenos, era pedir un vino, embriagarse y olvidarla. Sin embargo, esa noche como Aquiles y yo Paris nos quedamos en silencio, dos enemigos, con la diferencia que no había ni arcos ni flechas capaces de matar a esa frágil criatura, que me miraba con sus ojos cubiertos de lagrimas teñidas de negro, uniéndose en una boca roja, teñida de sangre, y solo mis manos tendrían el suficiente veneno para cegar esa mirada.
Prendí un cigarrillo, pedí una botella de vino - tinto - dije. Me acomodé llenando un cenicero y por momentos una copa vacía, me sorprendió un aliento seco y esa cajita de madera a mi lado.
En otra mesa una mujer me observaba. Estaba sola. Su rostro tenía un aire a pintura vieja, óleo sucio. Me inquietaba su mirada. Con un movimiento de gato viejo con varias vidas perdidas, se acercó a mí mesa. No recuerdo bien de que hablaba, sus labios se movían mágicos, como si en su cabeza solo tuviese palabras sueltas para decirle a alguien que casualmente se sentara en la mesa de en frente.
La idea de la cajita tan cerca de la mujer me presionaba el pecho. Ella seguía hablando, con un léxico escaso y para nada entretenido. Yo daba grandes bocanadas de aire, debía soportar con cortesía, ante todo era una dama que ahora hablaba de un caburé, un payaso de circo y otras historias más.
A pesar de aquel juego de palabras y perfume a rosas, no podía dejar de pensar en ella. Recordé su aroma, su piel, sus ojos. Sus ojos me condenaron, me enjuiciaron, con una equidad absurda en la cual esta prohibido hablar de sentimientos. Esa noche su mirada me lo decía todo, desde un adiós hasta un vulgar insulto; me hundía en un lago de ira y descontento.
Era inútil no podía dejar de pensarla, tan cerca. La mujer me miraba, me tomaba de la mano, pedía otra botella de vino; yo, sin embargo, tenía el consuelo de un sonido último, de un beso sin labios de una mirada incompleta.
Sabía que algo eterno tenía, sus ojos capaces de llenar mi vida, serenos ante mí, y la mujer volvió de su silencio y daba un monólogo sin cordura
- vieja bruja-, pensé. Sentada sin ser invitada atándome a un circo al que no pertenezco.
La caja cayó, en un ademán torpe de la mujer, cayó segura de despedirse de mí: el gato viejo dio un grito quedando por fin mudo, sentí que era el momento. Sus ojos me miraban. Los levante cargándolos nuevamente en la cajita; salí a la calle. Quizás aquello de la eternidad no sea cierto y deba unirme a ellos.








Jazmín


Última edición por mcvan el Vie Sep 11, 2009 8:48 am, editado 1 vez
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